La vida, según Bert Hellinger

Toda vida se mueve de manera incesante, sobre todo, porque de muchas maneras ella necesita y consume de manera incesante algo que le posibilita ese movimiento. ¿Para qué se mueve? Solamente para mantenerse viva y poder trasmitir la vida. De cara a esa meta -trasmitir la vida- ella se desarrolla y crece. Aprender todo, practicar todo tiene como objetivo alcanzar esa meta. Todo lo que vaya a suceder sirve para mantener la vida para que ella pueda alcanzar esa meta. 

Vivir quiere decir convivir con muchos otros en un intercambio entre dar y tomar para, de un modo polifacético, en resonancia y coordinación recíproca, servir a nuestra vida y a la de muchos otros, como así también a la vida como un todo. En este sentido nuestra propia vida está incorporada a la abundancia de la vida. En todo lo que hacemos, en todo lo que alcanzamos, en todo lo que realmente alcanzamos hay más vida. También el final de nuestra propia vida está al servicio de la vida que continúa. 

¿En dónde está finalmente puesta nuestra atención entonces? En que nosotros vivamos, en que nosotros mantengamos viva nuestra vida. Tan pronto como nuestra vida está en peligro, por ejemplo por causa de una enfermedad o un peligro exterior, todo lo demás pasa a un segundo plano. La vida tiene prioridad por sobre todo lo demás. 

Naturalmente a veces nos preguntamos de dónde viene la vida y a dónde va. ¿Estamos vivos o queremos con estas preguntas ponernos por encima de la vida, por encima de la vida en este momento? 

 

Por el contrario, la vida alcanza su plenitud cuando en todo sentido permanecemos concentrados en ella. Aún más, en ese instante su movimiento está detenido, concentrado y quieto, como completo en la quietud. Nada va más allá de la vida. Todo es comienzo, centro y final al mismo tiempo. 

 

¿Estaremos entonces restringidos? ¿Seremos egocéntricos? ¿O es al revés: en ese momento ya estamos concentrados con nuestra vida en la totalidad de la vida, en su abundancia? 

 

¿Puede en este sentido existir algo que vaya más allá de la vida? ¿Algo así como otra meta que sirva a la vida? ¿O no está ya concentrado en la vida todo lo que a veces, como si estuviésemos por encima de ella, nos imaginamos y pensamos? 

 

¿Qué otra cosa puede significar, por ejemplo, el amor a dios que no sea amar la vida tal como ella es? ¿Y puede el amor al prójimo significar algo más que amar la vida de todas las personas? ¿Puede la religión ser algo distinto y más grande que honrar y amar la vida en todas sus formas y expresiones, especialmente en lo que la hace fecunda? ¿No es por ejemplo el amor sexual el definitivo servicio a dios, la decisiva entrega a la vida y a él? Nada va más allá de ese amor.

¿Qué sucede entonces con el espíritu? ¿Puede diferenciárselo de la vida? ¿O no son todos sus conocimientos percepciones de la vida? ¿No están todos sus logros al servicio de la vida? 

 

A más tardar en este instante debemos reconocer que también existe un movimiento contra la vida, que nosotros a veces nos comportamos como si pudiésemos respetar menos la vida y sacrificar otras metas: nuestra vida, la vida de otros y la otra vida – de la cual dependemos y que sostiene nuestra vida y la hace posible. Así nosotros también nos estamos poniendo por encima de la vida. 

 

La pregunta es: ¿hasta qué punto la vida nos precede? Cuando deseamos algo solamente tenemos que rastrear dentro nuestro si le sirve a nuestra vida o la daña. Por ejemplo, cuando sentimos el deseo de comer o picar o beber algo en especial, o cuando nos dejamos atrapar por la curiosidad de vivir y presenciar algo sensacional, o hacer algo que sirve a nuestra vanidad y que finalmente nos deja con menos vida y con menos alegría de vivir que si hubiésemos seguido un movimiento de la vida que en ese sentido nos hubiese puesto un freno. Aquí nos ayuda un pequeño ejercicio. cuando percibimos dentro de nosotros una tentación de este tipo nos detenemos un instante, prestamos atención a un movimiento de nuestro cuerpo que siempre atento quiere conservar y continuar nuestra vida, somos uno con él, tal vez incluso olvidamos hacia donde queríamos movernos independientes de él o incluso contra él, y por una vez estamos profundamente en sintonía con nuestro decisivo movimiento de vida, y en él nos sentimos plenos y satisfechos. Pero abajo, sin querer forzar estar sobre él. 

 

Ese movimiento es un profundo movimiento de amor a la vida, un movimiento de amor a otras personas y de amor al mundo, un movimiento de profundo respeto y recogimiento, un movimiento espiritual porque se extiende hasta el final y con el final es en todo uno. 

Agradezco este aporte a mi maestro de Constelaciones Familiares, Jose Vidal, de Espai Lúdic donde estoy aprendiendo personal y profesionalmente a vivir.

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